Posteado por: clamoli | junio 9, 2008

Cicatrices…

SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 8 DE MAYO DE 2004

http://www-ni.laprensa.com.ni/archivo/2004/mayo/08/literaria/cuento/

Un retrato del cuento centroamericano

Cicatrices…

   
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Los cuentos centroamericanos reunidos en este libro giran en torno al amor, la pasión y el sufrimiento. Podrían también considerarse, parafraseando el famoso título de Gabriel García Márquez, como historia de amor en tiempo de guerra, entendiendo como guerra, no solamente las confrontaciones militares, sino también el período de postguerra, la violencia de las ciudades, la lucha de géneros y los conflictos internos de los individuos

Werner Mackenbach*

Durante mucho tiempo la percepción de los europeos sobre Centroamérica estuvo limitada a los acontecimientos políticos de la región. También el interés en su literatura estuvo saturado de lo político y ligado a las esperanzas de aquel entonces de realizar una utopía social de exóticas condiciones locales. Mientras tanto, esta atención sobre Centroamérica se ha desvanecido, aparece mencionada la región únicamente en casos de catástrofes naturales.Así también desapareció el interés por la literatura de la región. Con el término de los proyectos revolucionarios de liberación nacional que iban de la mano con los cambios globales de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, con el final (aunque de ninguna manera con la culminación) de los procesos de democratización y pacificación, se dio un cambio en la literatura del estrecho puente tropical entre Norte y Suramérica que siguió sin llamar la atención de Europa hasta ahora. En el primer plano de la producción y recepción literaria de los años sesenta, setenta y en parte aún de los ochenta, estaba la literatura de testimonio y la poesía, es decir, géneros que fueron usados para expresar las necesidades de las luchas sociales y políticas de manera más directa y que podrían leerse como una expresión del “nacionalismo revolucionario”. A partir de los años ochenta y con más fuerza en los noventa, no solamente se conocieron nuevas voces sino que también se pusieron nuevos temas sobre la mesa, cambiando las perspectivas, así como también las formas de contar. En particular fue la narrativa —la novela y el cuento—, la que vivió un resurgimiento. La presente antología de cuentos presenta estas nuevas tendencias y es su selección temática misma la que puede brindar una impresión de los cambios en la literatura centroamericana.
¿Es posible hablar de tendencias comunes en el desarrollo literario o incluso de una literatura centroamericana en la región, compuesta de siete países muy diferentes entre sí?

Estos países —Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá—, a pesar de gozar en parte de una historia común, parecen precisamente ahora, después de las muy diferentes experiencias de los años ochenta y noventa, evolucionar por caminos distantes. ¿Puede hablarse entonces de características comunes entre, por ejemplo Costa Rica, que sigue un camino muy diferente del resto de Centroamérica en lo político, social y económico, y El Salvador, Guatemala y Nicaragua, que han dejado atrás una larga fase de conflictos armados? ¿O entre Belice, que fue colonia británica hasta 1981 en que obtuvo su independencia, y Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, que proclamaron su independencia formal de España en 1821 y que desde el rompimiento de la Confederación Centroamericana en 1838 existen como repúblicas independientes, y Panamá, provincia de Colombia hasta 1902? ¿Entre Costa Rica, cuyos índices económicos y sociales a pesar de las señales generalizadas de crisis semejan los de un país desarrollado, y Honduras o Nicaragua, que pertenecen a los países más pobres de América Latina? ¿Entre Belice con el inglés como idioma oficial y el resto de Centroamérica en la cual el español es lengua franca, aunque también existen varios idiomas más?

Esta lista podría alargarse. Sin duda las de por sí diferentes historias nacionales de los siete países que componen esta región se han influenciado y condicionado mutuamente de diferentes maneras. Quizás la mejor forma de describir la historia de los países centroamericanos es a través de la imagen de los vasos comunicantes. Éstos se aplican sobre todo a la literatura de los diferentes países. Sin duda que el nicaragüense Rubén Darío, la literatura de vanguardia de los años treinta y cuarenta de Nicaragua; el Premio Nobel de Literatura de Guatemala, Miguel Ángel Asturias; la influencia intelectual en El Salvador de escritores como Salarrué, Claudia Lars, Alberto Guerra Trigueros, entre otros, de los años cuarenta y cincuenta, y el grupo conocido como la “Generación Comprometida” con autores como Manlio Argueta, Álvaro Meléndez Leal, Italo López Vallecillo y Roque Dalton; el testimonio de vida y Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, ha tenido un significado para la literatura centroamericana que se extiende más allá del marco de su origen nacional o étnico. ¿Vale esto también hoy después de los tan diferentes procesos de cada uno de los países durante los años ochenta y noventa?

A mediados de 1987, en el epílogo de su antología Erkundungen 50 Erzähler aus Mittelamerika, Carlos Rincón habló de un denominador común en esos textos: era una “literatura de búsqueda” surgida “en el momento crítico de la historia de Centroamérica, cuando las instituciones tradicionales que le daban sentido al quehacer humano y su realidad —la Iglesia Católica, los partidos liberales y conservadores, etc.— fueron cuestionados radicalmente” (385). Entonces, como ahora, la literatura centroamericana es una búsqueda.

Sin duda a esto se han agregado nuevos cuestionamientos: con el final de la revolución sandinista y los movimientos de liberación nacional de El Salvador y Guatemala, las utopías revolucionarias perdieron su capacidad de convencimiento; los primeros síntomas de una crisis social y económica seria sacudieron algunas bases de la sociedad costarricense cuestionando incluso sus raíces históricas; la entrega del Canal de Panamá al Gobierno panameño ha confrontado al país con una rendición de su papel; Belice está aún, veinte años después de su independencia, a la búsqueda de un modelo de desarrollo independiente.

Las literaturas de los países centroamericanos no escaparon de estos cambios. Uno de sus hilos comunes es que representan la búsqueda de una identidad, para la cual las propuestas colectivas y los discursos magistrales de cambio social y global tan importante en los años setenta y ochenta ya perdieron su rol central. El “nacionalismo literario” ha cedido ante una literatura de la individualidad, de la fragmentación, de la experimentación. Esto no significa de ningún modo que se haya alejado de las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales cotidianas bajo las cuales viven la mayoría de personas en el istmo centroamericano. Su interés ya no tiene como prioridad la denuncia de las injusticias en el marco social, sobre todo en el campo, sino sus consecuencias al interior de los individuos actuando en el marco urbano y sus esfuerzos alrededor de la afirmación de su intimidad y subjetividad.

Una antología presenta siempre una colección que está influenciada por las preferencias (o rechazos) del compilador. Las historias de este libro hablan sobre todo del amor, la pasión y el sufrimiento en las relaciones humanas. Pero son también desde muchos puntos de vista representativas para las mencionadas tendencias generales en la literatura centroamericana.

Los cuentos abarcan diferentes generaciones de cuentistas: desde los fundadores de la nueva tradición cuentística centroamericana a partir de los años sesenta del siglo XX, como Lizandro Chávez Alfaro (1929), Justo Arroyo (1936), Julio Escoto (1944), Enrique Jaramillo Levi (1944), Carmen Naranjo (1931) y Sergio Ramírez (1942), pasando por los representantes de la generación “media” de los que debutaron en los años ochenta como cuentistas, como Edilberto Borjas (1950), Horacio Castellanos Moya (1957), Roberto Castillo (1950), Jacinta Escudo (1961), Franz Galich (1951), Dante Liano (1948), Rodrigo Rey Rosa (1958), Hugo Rivas (1954), Anacristina Rossi (1952) y Rodrigo Soto (1962), hasta autores que comenzaron como cuentistas luego de los eventos de los años setenta y ochenta, como Patricia Belli (1964), Salvador Canjura (1968), Fernando Contreras Castro (1963), Patricia Delgadillo (1965), Leonel Delgado Aburto (1965), Claudia Hernández (1975), Mildred Hernández (1966), Rafael Menjívar Ochoa (1959), Mauricio Orellana Suárez (1965), Carlos Paniagua (1965), David Nicolás Ruiz Puga (1966), Juan Sobalvarro (1966), y Carlos Oriel Wynter Melo (1970)

Están por lo tanto representados en esta antología cuentos de diferentes estilos y tradiciones (desde el regionalismo hasta escrituras “postmodernas”). Por primera vez se toma en cuenta en una antología de cuentos centroamericanos la literatura de Belice, el país que hasta ahora había sido excluido del discurso literario de la región. Dos de los tres cuentos de este país aparecen en su idioma original (inglés y creole), el resto de los textos de todo el libro es del español en su original. Los cuentos seleccionados sobre los temas de amor, pasión y sufrimiento se mezclan de manera múltiple con otros temas. También en este sentido y en lo que respecta a las diferentes formas y técnicas narrativas, pueden verse como representativos.

Lo traumático de las experiencias de la guerra y la guerra civil en la historia centroamericana más reciente (y sus consecuencias aún lo son), sigue ocupando temáticamente un lugar muy importante en los cuentos de los años ochenta y noventa. Sin embargo, la perspectiva ha cambiado más y más, incluso en autores mayores como Lizandro Chávez Alfaro y de la generación “media” como Edilberto Borjas. No se proponen más mitos, no se cantan canciones heroicas ni se evoca a los mártires. Las grandes propuestas colectivas utópicas han cedido ante una mirada crítica sobre el morir y matar individual. En autores jóvenes como Carlos Paniagua, Nicolás Ruiz Puga y Juan Sobalvarro, la guerra y guerra civil perdieron su sentido político y son tratados con medios grotescos, irónicos y carnavalescos.

Estas temáticas de las primeras confrontaciones críticas están estrechamente unidas con los eventos políticos de los años setenta y ochenta en un sentido general, desde la limitación de las libertades individuales en nombre de un proyecto social hasta el cuestionamiento de fondo del compromiso político. También destacan aquí las voces de los que echan una mirada fría a los años ochenta y se confrontan con las dislocaciones sociales actuales, como por ejemplo Dante Liano y Colville Young. No es tema de esta narrativa la reconstrucción de una identidad nacional o colectiva a través de la construcción de un proyecto revolucionario, sino más bien la confrontación con la múltiple y caótica realidad luego del fracaso de los proyectos sociales y políticos.

Llama la atención cómo la violencia, la muerte, las heridas y cicratices dominan temáticas en los cuentos de los años ochenta y noventa. Es una violencia que no puede definirse primordialmente como política. Los causantes y los motivos permanecen ocultos. A pesar de eso, se sobreponen en estos textos un potencial político, un grito contra la opresión de las condiciones cotidianas que no rara vez privan a las personas de su carácter humano, transformándolas incluso en animales. Se habla de una cotidianidad en la cual la comunicación entre las personas está deformada y afectada. La soledad, el sin sentido y la imposibilidad de un entendimiento también y precisamente entre hombres y mujeres están impresos en la vida de varias de las figuras literarias de los cuentos reunidos en este libro. El tema de la sexualidad ocupa un amplio espacio en ellos, sea como el tabú de la homosexualidad, la hiriente y muchas veces irónica crítica del machismo o la inseparable amalgama de sexualidad y violencia, como en los cuentos de Justo Arroyo, Eduardo Callejas, Horacio Castellanos Moya, Roberto Castillo, Salvador Canjura, Fernando Contreras Castro, Patricia Delgadillo, Leonel Delgado Aburto, Julio Escoto, Jacinta Escudos, Franz Galich, Claudia Hernández, Mildred Hernández, Evan X Hyde, Enrique Jaramillo Levi, Tatiana Lobo, Rafael Menjívar Ochoa, Sonia Morales, Mauricio Orellana Suárez, Rodrigo Rey Rosa, Hugo Rivas, Ana María Rodas, Anacristina Rossi y Carlos Oriel Melo.

No puede ignorarse y no es casualidad que la voz femenina tome la palabra, una experiencia nueva en la cuentística centroamericana, en la que hasta finales de los años ochenta —con muy pocas excepciones—, las autoras no gozaron de mayor atención. La presente antología presenta un grupo de estas nuevas voces (en total de casi un tercio de los cuentos fueron escritos por mujeres), que en los años ochenta y sobre todo en los noventa comenzaron a ocupar el campo cultural y literario.

Casi en su totalidad es esta narrativa una literatura urbana. En el centro de varios textos están los espacios de las ciudades centroamericanas que no solamente son el centro de los grandes movimientos migratorios —formando a menudo asentamientos desordenados—, en los cuales el caos, la pobreza y la violencia urbana aumentan a diario. También la migración a las ciudades industrializadas del norte donde se producen algunas de las más grandes concentraciones de centroamericanos, con todas las consecuencias del desarraigo, la pérdida de la identidad y la enajenación, encuentra su expresión literaria como por ejemplo Giovanna Benedetti, Enrique Jaramillo Levi, Sonia Morales, Rodrigo Rey Rosa. En Rodrigo Soto se tematizan las migraciones ya más remotas al espacio centroamericano con sus concomitantes de rechazo y xenofobia, pero también del difícil proceso de asimilación e integración de una Centroamérica multiétnica y cultural.

A pesar de ello hay espacio para otros temas, como por ejemplo el pasado lejano. Como en la novela de los años noventa, algunos autores retoman también en la cuentística temas históricos, especialmente de los tiempos de la conquista y la colonia. Contados desde la perspectiva actual, o sea casi siempre desde la mirada del subalterno, oprimido, sujeto olvidado de la historia, se recurre a raíces prehispánicas, tradiciones étnicas y mitos indígenas y su mezcla con la realidad de las sociedades de fines del siglo XX, como en Tatiana Lobo y Rafael Ruiloba.

Y —¿cómo se podrá ser de otra manera en cuentos sobre amor, pasión y sufrimiento en el ámbito tropical?—, hay mucho espacio para el amor, esperanza, la alegría de vivir, el humor, la ironía y la autoironía, como por ejemplo en los cuentos de Patricia Belli, Lizandro Chávez Alfaro, Evan X Hyde, Carmen Naranjo, Sergio Ramírez, Anacristina Rossi, Rafael Ruilola, Carlos Oriel Wynter Melo y Colville Young. La cuentística de América de los años ochenta y noventa no es sólo una literatura de acusaciones sociales o un catálogo de exigencias políticas. Es una literatura en la cual sobresale el gusto de los autores por experimentar con el lenguaje, lo cual también es una manera de escapar de la usurpación ideológica. El espectro abastece desde un realismo seco y crudo hasta elementos fantásticos, mágicos, ironía, parodia, sátira, carnavalización y juegos de palabras en múltiples referencias intertextuales.

De manera temática y también formal, la nueva cuentística centroamericana sobrepasa fronteras y rompe tabúes. Los cuentos aquí reunidos presentan un rico cuadro en facetas, con múltiples rostros de la literatura centroamericana que ha dejado tras de sí el funcionamiento de un “nacionalismo literario”. Es una literatura de búsqueda, incluso de nuevas formas de expresión literaria.

Se ha prescindido de un orden temático o de puntos de vista formales, incluso de la nacionalidad de los autores, que les permite marcar sus propias líneas de unión o separación.

*Catedrático alemán y compilador de la antología.  .

 
 

 

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